Hablar de educación continua es hablar de una herramienta que permite acompañar los cambios y transformaciones que viven nuestros territorios. Desde mi experiencia en Formación Continua, he podido comprobar que el desafío de la universidad no termina en entregar conocimientos: está también en lograr que estos trasciendan de las aulas y se conviertan en herramientas concretas para las personas, las organizaciones y las comunidades.
Los territorios están en permanente transformación. Algunos cambios ocurren de manera gradual y otros nos exigen responder con rapidez. En ambos casos, surgen nuevas necesidades y desafíos que requieren fortalecer capacidades y generar respuestas pertinentes. En este contexto, la educación continua cumple un rol fundamental: no se trata solo de actualizar conocimientos, sino de ponerlos al servicio de las necesidades reales de cada territorio y de quienes lo habitan.
Durante el último año, esta experiencia ha cobrado especial sentido a través del trabajo desarrollado en el Instituto de Medio Ambiente, donde hemos abordado temáticas como la economía circular, la gestión y valorización de residuos, y el manejo y valorización de biogás. Estos temas nos muestran que los desafíos medioambientales no solo requieren fortalecer las capacidades de las personas, sino también comprender y proteger los ecosistemas de los que formamos parte. Esta experiencia también me ha enseñado que transferir conocimiento no significa simplemente entregar información. Significa escuchar, conocer las particularidades de cada territorio y comprender sus desafíos. Significa generar espacios donde el conocimiento académico dialogue con la experiencia y los saberes de quienes viven y trabajan en él. Cuando ese diálogo ocurre, la formación adquiere mayor sentido y puede generar un impacto real.
Por eso, cuando hablamos de territorio, no hablamos únicamente de un espacio geográfico. Hablamos de las personas que lo habitan, de sus organizaciones, instituciones, actividades productivas, culturas y de los ecosistemas que lo sostienen. Comprender esta realidad en su conjunto es fundamental para que la universidad pueda aportar de manera efectiva a los procesos de transformación que viven nuestras regiones.
En este camino, la vinculación con el medio adquiere un valor estratégico. La universidad tiene la responsabilidad de poner sus capacidades al servicio de la sociedad, pero también tiene mucho que aprender de ella. La relación con los territorios debe ser un diálogo permanente y bidireccional, donde el conocimiento se comparta, se construya y se enriquezca a partir de la experiencia.
Desde esta perspectiva, la educación continua representa mucho más que una oferta formativa. Es una oportunidad para fortalecer capacidades, conectar personas y organizaciones, y acompañar procesos de cambio. Es, también, una forma concreta de hacer universidad en los territorios y de contribuir a que quienes los habitan cuenten con mejores herramientas para enfrentar sus desafíos.
El desafío que tenemos por delante es seguir evolucionando junto con los territorios, escuchando sus necesidades y construyendo respuestas pertinentes. Mi experiencia me confirma que, cuando el conocimiento logra encontrarse con las personas y con las realidades que buscan transformar, se genera algo mucho más valioso que una capacitación: se construye una verdadera cadena de valor del conocimiento, donde la universidad aporta, aprende y genera valor para la sociedad.
Nery Rebolledo
Encargada Educación Continua
Instituto Medio Ambiente UFRO


