La calidad de una investigación depende mucho más de la calidad de sus preguntas que del grado de sofisticación de sus técnicas. Nunca hemos tenido tantos datos sobre la sociedad. Sabemos cuántos nacen, cuánto leen los estudiantes, cuánto tiempo pasamos frente a las pantallas y cómo evolucionan múltiples indicadores sociales. Sin embargo, disponer de más información no significa necesariamente comprender mejor el mundo. Aprender a formular una pregunta cuya respuesta todavía desconocemos exige algo distinto: método, paciencia y la disposición a dejar que la evidencia desafíe nuestras propias intuiciones.
La investigación nace del asombro.
Una amiga socióloga me decía hace un tiempo: «Si un estudio me dijera que el 70% de los migrantes haitianos se va a vivir a La Florida, de ahí nacerían mis preguntas de investigación». Ese dato describe un fenómeno, pero no lo explica. Al contrario, abre nuevas preguntas: ¿Qué hay en La Florida que atrae a tantos migrantes? ¿Cómo organizan su proceso migratorio hasta llegar precisamente a ese lugar? Es recién ahí donde comienza una investigación: cuando aparecen preguntas cuya respuesta todavía desconocemos. Solemos discutir qué técnica utilizar, cuando la decisión metodológica más importante ocurrió mucho antes: al formular la pregunta.
Investigar supone aceptar que uno no conoce la respuesta. Significa poner a prueba la propia intuición y estar dispuesto incluso a contradecirse. La intuición y nuestras convicciones pueden orientar la mirada, pero por sí solas no bastan para formular buenas preguntas ni para responderlas. No es novedad que el exceso de horas frente a las pantallas afecte la concentración, que el endeudamiento tenga consecuencias sobre la salud mental o que muchos niños y jóvenes presenten dificultades de comprensión lectora. Pero si realmente queremos comprender estos fenómenos y contribuir a resolverlos, necesitamos plantearnos mejores preguntas.
Y hoy eso parece casi contracultural. Vivimos en una sociedad donde solemos opinar de inmediato. Más aún, pareciera esperarse que quienes investigamos tengamos respuestas claras sobre el mundo que estudiamos. Sin embargo, la investigación hace exactamente lo contrario: nos invita a suspender momentáneamente nuestros juicios y volver una y otra vez sobre el fenómeno, dejando que cada respuesta abra nuevas preguntas. Dependiendo de ellas, necesitaremos contar fenómenos, escuchar experiencias o combinar ambas aproximaciones. La metodología no antecede a la pregunta; nace de ella.
En tiempos donde abundan las respuestas rápidas, quizá la mayor habilidad de un investigador siga siendo la misma de siempre: aprender a formular una buena pregunta. Tal vez una de las tareas más urgentes de las ciencias sociales sea comprender la realidad antes que apresurarse a explicarla. Ello exige la valentía intelectual de reconocer lo que todavía ignoramos y la disciplina para investigar antes de opinar. La formación metodológica deja entonces de ser un asunto reservado para investigadores experimentados y se convierte en una herramienta para cualquier profesional que quiera comprender los fenómenos sociales con mayor rigor antes de sacar conclusiones.
Dra. Johanna Sagner Tapia
Investigadora Postdoctoral Núcleo Ciencias Sociales
Universidad de La Frontera



