En los últimos años se ha avanzado en la incorporación de mujeres a espacios históricamente masculinizados, sin embargo, aumentar la presencia femenina en cargos de decisión no garantiza, por sí solo, organizaciones más democráticas, inclusivas o justas, las organizaciones reducen el enfoque de género a la elaboración de protocolos, al cumplimiento de indicadores o el incremento de la participación femenina en los espacios de decisión. Si bien estas acciones constituyen avances importantes, resultan insuficientes para transformar las relaciones de poder que estructuran la vida organizacional, el cambio comienza cuando se modifican las prácticas cotidianas de liderazgo, las formas de tomar decisiones, de distribuir responsabilidades y de relacionarse con las personas. Hablar de liderazgo con enfoque de género implica reconocer que las organizaciones no son espacios neutros. En ellas conviven relaciones de poder, normas culturales y prácticas cotidianas que reproducen desigualdades muchas veces invisibles. Estas dinámicas afectan las oportunidades de desarrollo, la distribución del trabajo, la valoración de los aportes y las posibilidades reales de participación de quienes integran una institución.

Durante décadas predominó un modelo de liderazgo asociado a la competencia, la jerarquía y el control. Aunque estas características no son exclusivas de los hombres, históricamente fueron legitimadas como atributos del "buen líder", hoy sabemos que las organizaciones enfrentan desafíos mucho más complejos que requieren otras capacidades: diálogo, escucha activa, construcción de confianza, colaboración, gestión de la diversidad y resolución pacífica de los conflictos. Incorporar el enfoque de género al liderazgo significa precisamente ampliar esa mirada. No se trata de reemplazar un modelo por otro ni de establecer privilegios para determinados grupos. Se trata de construir culturas organizacionales donde el talento pueda desarrollarse sin que el género, la maternidad, las responsabilidades de cuidado, la edad o los estereotipos limiten las trayectorias profesionales. Los equipos diversos toman mejores decisiones, innovan con mayor facilidad y fortalecen su capacidad de adaptación y estos beneficios se concretan cuando existe un liderazgo capaz de reconocer las desigualdades, promover condiciones equitativas y generar ambientes laborales basados en el respeto y el buen trato. 

El liderazgo con enfoque de género también interpela a los hombres, lejos de excluirlos, los invita a participar activamente en la construcción de organizaciones más corresponsables, donde el cuidado deje de ser un asunto privado y pase a formar parte de la cultura institucional, ya que cuando las tareas de cuidado, el bienestar de las personas y la conciliación entre la vida laboral y personal son comprendidas como responsabilidades compartidas, toda la organización se fortalece.

Dra. Ximena Briceño Olivera 

Académica del Departamento de Trabajo Social UFRO

Directora del Postítulo de Mediación Familiar y Comunitaria


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